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lunes, 29 de agosto de 2011
Pastoreo
En realidad el nunca quiso quedarse con el rebaño de sus padres, pero era todo cuanto le quedaba, además de la pequeña casa. Tenía apenas 19 años, pero nunca había hecho otra cosa que vivir para cuidar al rebaño de cabras, vivir para comer, vivir para ver el sufrimiento de sus padres. Ahora que ambos habían muerto, su padre de una terrible infección y su madre de tristeza, estaba solo. Obviamente tenía otros familiares, a los que apenas conocía, de los cuales solo estaba seguro del desinterés y de la enorme distancia que los separaba.
Día tras día, desde temprano, dejaba salir a las cabras y en realidad no le importaba qué les sucediera. Apenas se daba cuenta ya estaba intentando juntarlas a todas y ya había perdido unas cuantas, poco a poco perdía potencial de venta de leche; en realidad deseaba venderlas a todas. Una mañana estaba decidido a ni siquiera venderlas, simplemente iba a dejarlas libres e irse tan lejos como pudiera. Estaba parado, inmóvil en lo alto de la colina más lejana de la zona de pastoreo, observando como el rebaño se esparcía lentamente. En ese mismo momento, del otro lado de la colina, y sin que él se diera cuenta, se acercaba una mujer. Justo en el momento en que había decidido dar la media vuelta para ir a recoger sus cosas a casa y por fin partir, la vio. De inmediato recordó que sólo había perdido 3 cabras de un total de 60 y que la leche aún existía.
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