Era un alma vacía, lo supo siempre. Todo consistía en reconocer que la mediocridad y la decidia habían echado raíces muy profundas en su ser, que al poco rato le quebraron el alma; porque todo mundo tiene una. Compartimos el último año de preparatoria, nada más que buenos tiempos. Poco después los caminos, como siempre, se bifurcaron. Sabía por algunos amigos que él ya vivía en París, se había conseguido una chica, y viajaba mucho últimamente. En mi mente su vida era buena, seguramente disfrutaba muchas cosas que yo no podía; juraba que podía sentir mi admiración a la distancia.
En tiempos difíciles y cuando menos lo esperas, el contacto con ciertas personas, y por lo tanto con distintas realidades, te cambia la percepción de las cosas. Saber que está bien consigo mismo es tranquilizador, de una forma u otra logró asimilarse. Además de las drogas, el trabajo y las noches ambulantes, reconoce que no tiene nada. Y fue capaz de reconocer que piensa en mí, que cree que de una forma u otra, las almas vacías van juntas. Pero cree que todo consiste en saber que estamos locos, y además, ser responsables de esa locura. Yo lo que no quiero creer es que haya raíces.
1 comentario:
Tienes un estilo interesante. Procura cuidar los acentos y tu ortografía, como en "desidia". Por hoy vale. Saludos
Publicar un comentario