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domingo, 11 de septiembre de 2011

Cortina

No podía levantarse tan temprano, haber dormido tan pocas horas se lo impedían. Se sentía en un fuego cruzado, donde el sueño le ganaba al despertar. Además de escuchar las ramas de los árboles movidas por el viento desde su ventana, podía escuchar perfectamente las manecillas del reloj. Dormía sin camisa desde hace algunos días, el calor y la falta de aire acondicionado lo obligaban; pero también dormía solo. Al principio le costaba trabajo hallarse en ese espacio tan gigante; cuando una cama matrimonial es del tamaño del Sahara. De vez en cuando estiraba el brazo, pero no encontraba nada; también buscaba debajo de la cobija o a un lado de la almohada, el mismo resultado.

Aprendió a vivir con valor de afrontar cada segundo. Tantas vueltas en la cama, el calor, las ramas, el reloj, sus manos y las cobijas, le dijeron que volteara de nuevo a la ventana, porque ahí, detrás de la cortina, el Sol le iba a enseñar como cada instante merece la suficiente pasión y ardor, como ese instante se convierte así en eternidad.

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