Sentado con un té inglés en la mano, sin miel pero con crema y azúcar. De un lado Juan, del otro Bruno. Uno metido en la física y la energía, el otro en la fotografía. Uno al borde del suicidio, el otro con años de crisis existencial. ¿Y tú qué? Ahí en medio, sin saber qué decir. Que les tomen una foto, para verla después, como en unos veinte años. Que se quede esa sensación en la foto, que se quede esa piltrafa encerrada por siempre en la foto. El que se sentó en la banca y el que quedó en esa foto no es el mismo que se paró, ni el mismo que será en veinte años.
Ahora estoy temblando, no es nuevo; creo que de todos modos voy a temblar de aquí al último de mis días. Estaba temblando por dentro cuando tomaron la foto, ausente. Si esta noche la viera, en la computadora o revelada, pediría no recordar jamás ese día; o quizás pediría recordarlo siempre. Estoy muy enojado, luego triste, después ansioso y por último cansado. No hay un límite todavía, pero debería parar de empujarme justo en el momento en que deicida subir al techo y fumar de nuevo, donde no es que tenga miedo de la orilla sino del que está en la foto y del que aún no la puede ver en veinte años.
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