Por un momento es un grito que pasa de la garganta al brazo derecho, o al izquierdo; después es un impulso de correr que se vuelve la gravedad multiplicada diez veces. Un pensamiento copula con otro y no tienen un hijo, sino millones, todos gritando diferentes palabras. Los puños se cierran bastante fuerte, la quijada se aprieta como queriendo que los dientes se quiebren, y la mirada queda atrapada entre dos párpados que se entrecierran y un ceño que se frunce, sosteniendo un constante temblor.
Dentro de él, en realidad todos los órganos están en su lugar y funcionando, pero en ese momento es como si las vísceras se licuaran y de tanta presión buscaran salir por todos los poros. Afuera, el más ligero impulso hacia adelante o hacia atrás genera un vacío inmediato que obliga a tensar aún más cada uno de los músculos del cuerpo. El origen de este estado tan alterado desaparece, su padre, su madre y su casa se evaporan por unos segundos, entre tanto ruido en la cabeza, entre ese cuerpo a punto de explotar.
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