Conozco poco a mi padre, y lo que conozco no me gusta mucho. En un innumerable número de ocasiones, durante comidas o sobremesas, repetía las mismas historias de su niñez, otras tantas entraba en terrenos más serios, hablando de sus trabajos, del Derecho o de la política. Por él pude hacerme una vaga imagen de lo que había sido su casa cuando niño, sobre mis abuelos y sobre algunas cosas de mis tíos. Mi tío el más grande, Carlos, es simpático, de un carácter ligero; el más chico, José Luis, era bonachón, pero en realidad nunca lo conocí tanto. Él murió hace algunos años, estaba terriblemente deprimido por la muerte de mi abuela y se mató bebiendo. El tema no se toca en realidad en mi casa, pero mi padre siempre tiene recuerdos maravillosos de su hermano y él. Apenas el domingo, mientras comíamos paella, nos contaba como en Acapulco había pescado unas cuantas sardinas con Pepe, las cuales habían llevado a freír a un puesto cercano, en donde una señora les dijo: "¡Uy, esto no les va a alcanzar para nada!". No les importó, se las comieron contentos, juntos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario